Un narco, dos relatos: derecha e izquierda en campaña

En Colombia llegamos a un punto raro: hasta el narco se volvió insumo de campaña. Alias Pipe Tuluá, jefe de una estructura criminal en el Valle, no solo terminó extraditado a Estados Unidos por coca, homicidios y todo el menú que ya sabemos, sino que antes de montarse al avión dejó algo más que un prontuario: dejó contenido.

La escena es casi perfecta en términos de guion. Mientras Gustavo Petro viajaba a Washington a verse la cara con Donald Trump en la Casa Blanca, vender cooperación contra el narcotráfico y mostrar cifras de incautaciones y extradiciones, en Colombia Vicky Dávila —ya en modo candidata, no solo periodista— ponía a sonar un audio de Pipe Tuluá en un evento político. En ese audio, el narco dice que le metió mucha plata a la campaña de Petro a través de su hermano Juan Fernando y que tiene videos, audios y consignaciones para probarlo ante las autoridades gringas.

Eso no es casualidad ni “timing” inocente. Es marketing puro. La jugada es sencilla: mientras Petro se vende en Washington como el presidente que extradita capos y se sienta con Trump a hablar de lucha contra las drogas, acá le montan el espejo contrario: un capo diciendo que su campaña recibió plata del narcotráfico. Una mano estrechando a Trump, la otra señalada por un narco. Con esa imagen, a la derecha le basta para armar el eslogan: “no dejemos que el narco nos ponga presidente”.

La moneda, sin embargo, tiene otra cara. Para el petrismo, el relato también es fácil de armar: un capo desesperado antes de su extradición, dispuesto a decir lo que sea para negociar beneficios; una precandidata que aprovecha el audio como trampolín electoral; un sistema mediático que ya tiene listo el titular del “presidente narco” antes de que ningún juez vea una sola prueba. Los dos bandos se alimentan del mismo insumo: una nota de voz grabada por un delincuente que descubrió que, además de coca, también puede mover agenda.

Ahí es donde se ve el problema de fondo. El narco habla como “testigo”, la política lo usa como munición y buena parte de los medios convierte todo eso en espectáculo continuo. Lo que debería ser una investigación seria —saber si sí entró o no entró plata sucia a una campaña presidencial— termina reducido a material de campaña, a clip para redes, a frase de plaza pública.

Y mientras todo el mundo juega a ganar puntos con el audio, la verdad queda en segundo plano, esperando que alguien la busque sin verla solo como herramienta de marketing personal.

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